11.3.14

jugué por primera vez al póquer con lourdes. fue todo un acontecimiento bajar la escalera en estos días de caracol que llevo dentro de mí mismo. me llamó la atención que ella supiera jugar porque en todos estos años que hace que trabaja en casa nunca me lo había dicho. es de pocas palabras y además casi siempre que hablé con lourdes hablamos de mí. ella es así, en todo. siempre importa el otro. es como si pusiera su bondad y nobleza al servicio de la humanidad.
yo mezclaba las cartas en la mesa y le pregunté cuándo había aprendido a jugar. me contó que fue de chiquita, en paraguay, que su papá era jugador y borracho. le gustaba la copa, dijo. cada vez que me tocaba repartir, sorprendida, entre la alegría y el lamento, decía: ¡no puedo creer tener tanta suerte! y al final terminó ganándome. para mantener las manos ocupadas en algo, volví a esa manía de mezclar y mezclar las cartas mientras le pregunté qué más recordaba de cuando era chiquita y me habló de sus hermanos. tenía 9 hermanos de los mismos padres. me pareció muchísimo. no me daba el tiempo para hacer y criar tantos hijos. sonrió cuando le pedí que me dijera sin repetir y sin soplar los nombres de todos en orden de nacimiento. a la mano siguiente, su cara cambió de repente: hace mucho que no los veo, no sé dónde están, dijo mirando la nada.
ella juntaba los porotos que habíamos usado para apostar; cada poroto era una moneda de 10 centavos. sentimos el ruido de la llave en la puerta y se paró inmediatamente a repasar la mesa. subiendo la escalera para volver a mi cuarto, le dije que después le bajaba los $30, 20 que le correspondían y terminó ofendiéndose: que no, que no es necesario, que qué se piensa usted, que si quería la chocolatada con tortitas negras ahora o un poquito más tarde.
a la noche, en este nuevo arrojo de salir de mi caparazón, me encontré cenando en familia, formando parte otra vez de ese triángulo del horror, la sala de tortura en la que convive el sadismo de mi padre, la falta de criterio de mi madre envalentonada por el vino, mis ganas de no haber nacido jamás y lourdes intentando curarnos como si fuera de la cruz roja.
¿qué te parece el country? preguntó mi madre pero al parecer la idea no era que yo respondiera. nosotros estamos muy contentos porque ahora no preocuparnos tanto por tu seguridad, la verdad es que estamos felices, o más, más que felices, porque... me trata como a un pendejito. mi madre todavía me habla como una maestra jardinera y se siente feliz ¡más que feliz! de haberme alejado de lo poco que quiero en este mundo.
me parece una mierda, dije cuando llegó a su primera pausa, mirando el plato de pastas. ¡una mierda! se indignó a los gritos: vos no sabés valorar nada de lo que nosotros te damos. me levanté para esconder la cara en la heladera, buscando algo para tomar que ya lourdes había puesto en la mesa. ni te das una idea del esfuerzo que representa para nosotros mudarnos acá. ¿nosotros? ¿nosotros qué? ¿si vos lo único que hacés es usar el sacacorchos? pensé.
mi padre masticaba con voracidad haciendo ruido. le sirvió más vino a mi madre y le subió el volumen a la gente entusiasmada de la tv. esa era su manera de sedarla. le pidió a lourdes que trajera otra botella más, cortó un pedazo de pan con el cuchillo, lo mojó en la salsa que tenía el gusto del amor y siguió comiendo.
en silencio, enrosqué los fideos dándole cuerda al reloj de la bomba de tiempo que daría fin a la tv, el vino, el día, la cena... una explosión atómica que nos libre de este campo minado que llamamos familia.
tengo que ver al mario. la latita está vacía hace unos días y lo llamé. me dijo que yo solo me acordaba de él cuando me faltaba el barrilete: espero que no andes comprando pastillas, ahora que estás rodeado de chetos, por ahí te gustan las pastillas, marica. venite, dale. era hora de que pasaras por casa, culo con leche.
no tomo pastillas. él tampoco, pero siempre le está comprando a otro. siempre hace lo que otros no se animan a hacer. yo no tomo porque desde chiquito me costaba tragarlas. a la ritalina me la rompían apretándola entre cucharas y después la disolvían con agua y azúcar para que pudiera tragarla. debería andar con una remera que diga: soy un llorón malcriado, quieranmé igual.
con la moda por las fiestas electrónicas y todo eso, me enteré por internet que algunos drogones se meten pastillas por el culo porque dicen que así les sube más rápido a la cabeza. yo sabía del cartón en el ojo, pero eso de meterse una pastilla por el culo es demasiado. a mí, por popa, nada.
yo fumo marihuana y hacerlo sin que me dijeran nada resultó fácil. entre el vino tinto, la risperidona y otras pastillas, tenés que tener mucha suerte para encontrar a mi madre sobria, y además, tiene carne crecida en la nariz. yo podría fumarme a bob marley envuelto en una sábana que ni se enteraría. con mi padre, sólo bastó con que lo viera en su auto con otra mujer. lo descubrí estacionado a unas cuadras de la facultad y me acerqué. la otra mujer con cara de miedo le hizo señas como si yo fuera un limpiavidrios o un trapito cuidacoches, le toqué el vidrio de conductor y me miró helado. cuando me iba, pasó por mi cabeza de inocente palomita no girar y esperar que viniera corriendo detrás mío como si la vida real fuera una telenovela, pero no.
esa misma noche, casi de madrugada, estaba fumándome el digestivo después de cenar seguro de que ellos ya dormían y abrió la puerta de mi habitación sin tocar. todavía vivíamos en la otra casa y yo no estaba precisamente llorando por los lazos familiares rotos. naufragaba en internet, algunas ventanitas titilaban y mi habitación era un sauna de faso. desde este día cierro la puerta de mi cuarto con llave.
mi padre había venido a darme las explicaciones del caso o a mentirme, a esta altura da igual, pero, cuando me vio, se le desordenó la cara. yo quedé embalsamado. pensé que iba a cortarme la cabeza y ponerla arriba del respaldo de su cama, pero no dijo nada. se calló seguro de que abrir su boca conmigo era nada al lado de que yo abriera la mía con mi madre. mi porro humeante no se rendía y desafiaba desde la latita, cuando palo y astilla hicimos lo que mejor sabíamos hacer juntos: evitar el diálogo. esos segundos bastaron para hacer un pacto de miradas hipócritas. yo no le diría nada a mi madre y él tampoco. él no haría lo suyo delante de mi madre y yo tampoco lo mío. fácil. cerró despacio, sigiloso como siempre, y volví a ver en la puerta el póster de nevermind. el bebé persiguiendo el dólar bajo el agua me tranquilizó.
días después, a la mañana, mi madre tocó la puerta de mi habitación durante un rato. me despertó y yo no abría, hasta que empezó a gritar. pensé que el hijo de puta me había delatado y tendría que hablar en detalle del olor de su mierda, pero la pura verdad es que no estaba preparado para hablar. nunca lo estoy. mucho menos recién despierto y frente a mi madre. cuando abrí, me dijo pícara que tenía que ver lo que había pasado en la puerta de casa, se hacía la misteriosa. pregunté qué era mientras me cambiaba. me habían regalado un auto 0 km y acepté el soborno encantado porque soy lo peor.
todo este tiempo sin vernos es porque ahora naty milita. hace meses que lo hace y no me lo había dicho. no me animé, me dijo por chat. sabía que me iba a caer para la mierda lo de la política y me cayó para la mierda. futurología, divino tesoro. me desconecté de repente porque soy una máquina de tragar mi propio odio y amasar mis futuros tumores malignos en soledad.
no se puede confiar en ningún político, natalia. son todos unos hijos de puta. ¡vivo con uno, yo se lo que te digo! no, natalia, no sé creer en un mundo mejor. ¿no ves que está todo cada vez más podrido? ¿no ves que nosotros también estamos podridos? no sé creer en nada ni en nadie. como atún cada vez que puedo, no me importan los putos delfines. pero vos andá, militá porque es lo que hacen todos en esa universidad de mierda y fumá un porro por primera vez con otro, dale, andá a cambiar el mundo con esa cara de ilusión, natalia, dale, prendamos fuego la bandera yanqui y tus zapatillas nike, boluda.
no la voy a llamar. el silencio es el lugar más seguro entre nosotros.
mi psicóloga comenzó a leerme. me dijo que se sorprendió al ver lo que escribo en internet haciendo pública mi vida: pasaste a la pérdida total de la intimidad. remarcó que no era la idea pero que respetaba mi decisión. le pregunté cómo me veía y otra vez caí en su trampa: ¿cómo te ves vos? me devolvió la pregunta. después me explicó que es prematuro trabajar sobre lo que escribo: eso va a salir de a poco en las sesiones. ahora, preocupate más por encontrar tu espacio ahí.
mi espacio acá es mi cuarto. desde que nos mudamos que casi no salgo de mi habitación. no quiero. no puedo. acá licuo mi enojo con la realidad mirando el techo, declarándole la guerra al mundo en silencio. amanezco a las tres de la tarde. almuerzo a las cinco. ceno tardísimo comida que ni siquiera caliento en el microondas porque me da paja. los fideos fríos parecen de plástico. todo pasa en mi habitación, con la puerta cerrada con llave y a penas la luz del velador. de vez en cuando toca la puerta mi madre y no respondo, me hago el dormido.
me cuesta dormir más que antes. el silencio es ansiedad. de chico, cuando no podía dormir, lloraba como si no fuera a lograrlo nunca más. ahora la línea de luz que está debajo de la puerta y el sonido de pisadas en la escalera me inquietan. imito la posición fetal de otras noches y no puedo. doy vueltas, pruebo de un lado, de otro, boca abajo, boca arriba y nada. será que extraño el motor fundido del 146 entrando por mi ventana a toda hora, no sé.
hace más de un año dejé el rivotril. me despertaba hecho un zombie. me sentía como suspendido, estupidizado. ahora para relajarme y poder dormir me receté fumar marihuana. mi psicóloga lo sabe y no lo aprueba del todo. fumo unas secas, pongo un disco, que estos días es the night de morphine (el último regalo que me hizo naty) y en algún momento me duermo con los auriculares puestos.
ahora mismo es de madrugada y con la luz apagada me paro con mi pecho raquítico y en calzoncillos frente a mi ventana. hoy vi luces que se movían cerca del campo de golf. eran linternas, pero de lejos parecían luciérnagas. una vez comentamos con los pibes que ya no había luciérnagas y ayer pensaba que en un lugar alejado como éste tendría que haber, pero no, tampoco. antes, cuando éramos pendejos, se veían en capital y después desaparecieron. pensé que podía ser por el ruido, pero acá hay un silencio de cementerio y nada.
no sé. los dueños del country podrían importar luciérnagas de algún sitio donde sí haya ¿no? un barrio privado vip debería tener servicio de luciérnagas y además una hermosa huerta orgánica canábica. algo bien parado. no como esta porquería que, en vez de relajarme para poder dormir de una vez, me aprieta la cabeza como una morsa.
hace más de un mes que nos mudamos y todavía naty no vino. sigo abriendo cajas y ordenando cosas. recién desenfundé la guitarra. tiene una cuerda rota, está sucia, descuidada. hace mucho que no toco. toco mal, pero toco.
aprendí tocando con el colo en los fogones de aquel viaje “de estudios” al sur en los que nos emborrachábamos por primera vez con whisky trucho a orillas del lago puelo. ahí fue cuando conocí a los ramones. el colo rompió las bolas todo el viaje con un casete gastadísimo que se escuchaba horrible. estaban los cuatro en la tapa. el disco tenía el nombre de la banda, nada más. el colo dice que los discos que tienen el nombre de la banda son los mejores discos de esas bandas porque son los más crudos. me acuerdo que cuando volvimos me lo grabó encima de uno de valeria lynch que era de mi madre y me enseñó el truco de la cinta scotch en los agujeritos del casete. el viaje en micro fue eterno y los demás estaban hartos pero el comienzo del disco con hey! ho! let’s go! era irresistible y hasta las chicas pogueaban. cuando el chofer se cansaba ponía nino bravo y terminé cantándolos de memoria: a los ramones y a nino bravo.
una noche de fogón, yo seguía como podía al colo que gritaba en un inglés asqueroso y cuando pensaba que pocas veces en mi vida podría repetir momentos de mayor vergüenza que ese, levanté la vista y vi que las chicas no se iban. terminamos el primer tema y aplaudieron. paramos y pidieron otra. ¡0tra! ¡otra! ¿cuánto podía durarnos? sabíamos pocos temas y metíamos pausas eternas entre canciones mirando el lago poniendo cara de reflexivos.
el viento frío nos hizo llegar el olor a porro desde algún otro fogón. nos llamaba la atención. los profesores se hacían los boludos y nosotros sonreíamos al darnos cuenta pero todavía no habíamos probado. al colo le pedían canciones en castellano y se enojaba. yo imitaba los acordes tarde, como podía, las iba aprendiendo en el momento y sonaba todo horrible y cantábamos peor, pero a ellas les gustaba, se dejaban llevar, se reían y cantaban. pedían liiiiiiibre de nino bravo y era un hitazo infinito, aplaudían, se secreteaban y queríamos extender ese momento para siempre. cuando volví a levantar la vista cada vez había menos gente. los profesores se habían ido a dormir y los pocos que quedaban se durmieron entre frazadas y nosotros, con el colo, quedamos solos, en silencio. agarramos entre los dos otro tronco grande, lo tiramos en el fuego y nos quedamos mirándolo consumirse de a poco como si fuera la televisión hasta dormirnos.
una de esas noches repetidas pero únicas, una de las pocas chicas que se quedó a escucharnos hasta tarde era una flaca hermosa de piel blanquísima, tenía la cara increíble de un bebé recién nacido o un hada y el pelo corto como un pibe. era la única que tenía el pelo corto. esa era naty. como algunos dormían, me acuerdo que hizo chasquear los dedos como si fueran aplausos al final de la hija del fletero y por primera vez sentí que una chica me miraba como dándome una señal de atracción telepática ultrasónica infinita.
tomé licor de dulce de leche para animarme y un rato después le dije al colo que me dolían los dedos. agarré la botella de tres plumas que teníamos escondida en una campera, robé una frazada, me putearon y me senté al lado de naty. le ofrecí que venga a mi frazada y nos abrazamos fuerte. hacía frío y tomábamos juntando valor. con las mejillas pegadas, me dijo que nunca había besado a nadie antes. yo tampoco, pero no dije nada.
me siento solo. pensé que esto era para una vieja viuda acariciando un gato sentada en el sillón, pero vivir en este country es insoportable. desde que llegamos, todo va muy lento. escucho ruido en la planta baja. mi madre grita órdenes poseída por el führer y sé que lourdes va de acá para allá limpiándolo todo. los fleteros siguen trayendo cosas.
extraño. siento la distancia en mi pecho como una mezcla de vacío y paro cardíaco. antes, en mi barrio, invitaba a los pibes, jugábamos al pool, nos tirábamos a la pileta, un póquer, un metegol... pero ahora nadie tiene tiempo para venir hasta acá. ni siquiera naty. es raro, algo pasa con ella y no sé qué es. mejor dicho: algo no pasa. si yo no la llamo, ni me llama. tengo el síndrome de la vieja viuda, necesito que me llamen.
todavía me quedan varias cajas sin abrir. veo el cartel de NO TOCAR que escribí con bronca en todas las que tienen mis cosas. no me banco. necesito no estar acá conmigo. abro una de las cajas que tiene escrito NO TOCAR. FRÁGIL. DISCOS. revuelvo los cds y encuentro una tuca.
prendo la pc para ver si hay alguien y pongo mondo bizarro de los ramones al palo como si eso me acercara a los pibes.
nunca fui buena compañía para mí.
alejarse de lo que uno comprende como propio es sumamente traumático. me lo dijo mi psicóloga. después me adelantó que para este cambio en mi vida tenía un nuevo método de trabajo: necesitamos que te saques todo de adentro. escribir te va a ayudar mucho, creéme.
¿pero qué escribo? pregunté. lo que sientas. pero hay veces en que no sé lo que siento. bueno, escribí lo que sientas, y cuando no sabés qué sentís, escribí lo que te pasa, los hechos cotidianos, cosas que recuerdes de tu infancia, todo. vos descargá, me dijo.
de chico era insoportable y leía todo. me acuerdo que estaba fascinado por haber aprendido a leer. leía todos los carteles de la calle cuando caminábamos o íbamos en auto. incluso mi madre siempre me daba los manuales de instrucción de los electrodomésticos para saber cómo funcionaban y para que me callara un poco. también me daba ritalina porque en el colegio tenía problemas de atención. molestaba en clase, era demasiado inquieto. un mal día le clavé un compás en la mano a un compañero que tenía la sana costumbre de escupirme. entonces, citaron a mis padres, psicopedagoga, psiquiatra y pastillita a la fuerza corriéndome por la casa a los gritos.
me acuerdo que en las clases de lengua tenía una profesora con las uñas muy sucias. casi todos los lunes nos pedía composiciones de lo que habíamos hecho el fin de semana y cosas por el estilo para que ella pudiera leer un rato e incluso algunas veces quedarse dormida. entonces, yo mentía salidas de pic nic, jugar al fútbol con mi padre y un perro labrador dorado brillando con los rayos del sol trayéndome la pelotita o que íbamos al parque de la costa de la mano pero todo terminaba con un ataque de zombies en el que todos moríamos y aunque “no era lo requerido” tampoco la nota era mala.
pero eso ya fue. ahora, de un día para otro, nos mudamos a este country privado. año nuevo, casa nueva, dijo mi madre, sonriente, como si fuera una publicidad. en mi barrio ya tenía todo y en definitiva ya me había acostumbrado a eso de ser un chico bien. además, tenía lo poco que para mí vale la pena: estaba cerca de los pibes y de naty.
acá todos nos miran como si fuéramos piojos resucitados y todavía ni nos dieron tiempo para demostrar que tienen razón.