miércoles, 19 de marzo de 2014

de repente empezó a sonar anxiety. me estaban llamando. esto es para mi psicóloga: mi teléfono suena con una canción que dice que la ansiedad me hace feliz. no sabía dónde estaba el celular, busqué y terminé encontrándolo debajo de la cama, adentro de una zapatilla. atendí rápido, desesperado por la ilusión de que fuera un llamado de naty, pero era mi madre perfumada con mi olor a pata rancio: te llamo porque estoy en casa pero desde temprano que no me abrís la puerta, comenzó reclamándome. me llamó la atención escucharla sobria. como si la cena del otro día no hubiera sucedido, me dijo: pasame tu dirección de e-mail porque yo no tengo y me van a mandar una info de yoga. de fondo, se escuchaba que alguien más hablaba. no era la voz de lourdes. estuve a punto de decirle que se abriera una cuenta, pero me imaginé el martirio esquizoide que eso implicaba para mí y algo en mi corazón, este tomate podrido que tengo en el pecho, me hizo darle mi dirección. un rato después, llegó el mail, lo imprimí y lo dejé pegado en la puerta de su habitación. cuando volví a la pc, esa misma dirección me dijo hola por chat. no contesté. lo único que falta es que quiera chatear con su nueva profesora desde mi pc. qué fastidio por dios.
ya no voy a esforzarme en hacerme el hombre recio que no soy, esperando que sea naty la que retome el contacto, un mensaje o un llamado, apenas una señal. cuando sonó la llamada de mi madre y yo busqué el teléfono desesperado como un perro que perdió su hueso, enterré mi estrategia, di por muerto al clint eastwood que nunca tuve dentro. ahora me voy a meter el orgullo en el culo y llamo a naty porque necesito verla. me importa un carajo que milite. si quiere que milite para el partido nazi y secuestre bebés recién nacidos para tirarlos a una fosa común con dragones hambrientos. necesito estar con ella, hacer el amor, inflar un forro como un globo y jugar pateándolo al techo para que no se caiga, que me haga rulito hasta que me duerma vencido como si viniera de la guerra.
tengo que ser sincero y destruir la tentación de ser héroe acá. no sé ninguna estrategia para nada, juego al TEG callado pero a lo bruto, un dado contra cinco entusiasmado, kamikaze. hago lo que puedo como puedo. por eso, cuando salí de la casa de mario con los pibes, fuimos un rato a la plaza y no pude contra el gordo tuñón, un ex compañero de colegio que vende anillos, colgantes, aros… es un busca que si llueve vende paraguas y si nieva, esquíes; vende faso también, a eso íbamos. fue el único que me preguntó por naty y le conté la distancia. ahí arrancó el oportunista del negocio, el rey del descuento. vos le podés decir que compraste una impresora, zapatillas, un kayak, lo que fuera, a un precio increíble, baratísimo, y a los dos minutos sentís que te cagaron, que él la conseguía a la mitad. siempre.
regalale algo, baratito eh, ahí está, decía mientras me mostraba un colgante. anillo no porque todavía no te queremos perder, tiró y le guiñó un ojo al colo. el colgante era el comienzo de algo. mi manera de decirle que está todo bien, que la quiero como sea, no sé, algo. ¿le gustará? le pregunté al gordo tuñón y me dijo que si quería podía cambiarlo, pero no era lo mismo y le salió del alma: si no le gusta, que finja, hermanito ¿cómo te va a decir que no le gusta? sería una desagradecida de mierda. después si no se lo pone nunca, vos no le vas a decir nada ¿o no? te hacés el gil y listo. además, lo que vale es la intención, hermanito.
terminé comprándole un colgante con una estrella de cinco puntas plateada. me parecía demasiado obvio, dudé y consulté al gordo tuñón con la mirada: sos un cagón pollerudo, me dijo mientras me lo envolvía.

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