miércoles, 7 de mayo de 2014

ahora me cuenta todo lo vinculado a su militancia: nos juntamos cerca del congreso, vamos a terminar de hacer unas banderas, me escribió en el chat cuando le dije de vernos. contuve mis celos, apreté los dientes. que no me cuente me daba celos, ahora me da celos que me cuente. cuando se desconectó, pensé en ir, acercarme para apoyarla, no sé. creo que ya está todo bien, pero manejar dos horas para pasarla a buscar por donde se junta con sus compañeros de militancia, sumado al colgante de la estrella de cinco puntas que le regalé, es decirle, con todas mis limitaciones, que la acepto en su nueva versión revolucionaria.
manejar en ruta hacia capital me hizo pensar. debería vivir manejando en ruta para entender por qué a naty le ocupa tanto tiempo la política, militar para un partido. escuchando modern life is rubbish de blur, tuve una especie de revelación: blur es la evolución de los clash pero con soda pop. sé que eso no le importa a nadie, pero fue eso lo que me llevó tiempo atrás al video coffee and tv y la lechita animada, todas esas canciones aborreciendo la vida moderna, todas esas horas encerrado mirando televisión, los productos de sprayette, las madrugadas tratando de sintonizar el porno de venus con su codificación casi inviolable, los políticos sonriendo en la tv, sacando pecho en publicidades heroicas que jamás tendrán los heroes, la palabra corrupción en la boca de cualquiera que adorna un poli para evitar multas, bardeadas en clase gritándonos de la nada ¡corrrrrrrrupto!, el champagne, el sushi, lo cool. ahí estaba mi primera relación con la política. todo eso incubando odio desde mi habitación, casi sin salir de mi casa, donde cualquier cosa vinculada a eso era puro silencio. vivimos años sin que se dijera jamás de qué trabaja mi padre. hasta que de chico escuché una conversación telefónica y empecé a entender los mejores autos, la mejor ropa y vacaciones paradisíacas. sin embargo, el contraste no era tan evidente en un colegio privado y católico. ahí no sabíamos lo que era un centro de estudiantes. nosotros teníamos catequesis, estudiábamos la biblia, tomamos la comunión y la confirmación porque era lo que hacían todos, íbamos a misa y dios estaba de nuestro lado. pensé todo eso hasta que el tránsito de la ciudad me trajo de los pelos al presente y el resto del viaje me volví, como si fuera posible, un peor ser humano, un fastidioso infeliz olvidado por dios buscando lugar para estacionar.
toqué timbre una casa antigua, puerta de hierro pesadísima. no me contestaron, me fijé bien y la puerta se cerraba con una cadena y un candado que no estaba, no tenía cerradura y estaba abierta. entré. paredes grises, mezcla de olor a humedad y cloaca, de fondo una música que no distingo. pasillo largo, viene caminando un flaco, boina, barba y mochila, le pregunto por naty y no la ubica por nombre. no sé si por nervios o por qué pero, al mismo tiempo en que marcaba la altura de naty con la mano, dije: una chica de pelo cortito, de cara blanca… ¡¿de cara blanca?! tenía la mano en alto y me faltó decir: una chica de raza aria. genial comienzo. están arriba, me dijo. mientras subía la escalera me di cuenta que estaban escuchando los redondos. vi a naty arrodillada, cociendo sobre los azulejos blancos y negros del suelo de ajedrez. estuve unos segundos en silencio hasta que comenzaron a verme, eran unas quince personas, había solo tres mujeres. me miró: pasá, pasá ¿hace mucho que estás ahí parado? me presentó al grupo y uno me dijo compañero. yo no supe qué decir.
al rato tuve la necesidad de evitar cualquier conversación y me fui a calentar la pava para cebar unos mates por primera vez en mi vida. de repente, sentí que me daba vergüenza decir dónde vivo. no lo preguntaron, pero desde que arranqué la ronda, en cada mate que serví, tuve miedo a cualquier pregunta que condujera a decir que vivo en un country. una de las chicas hizo un intento de diálogo mínimo pero en cuanto vi la gesticulación de su cara para enunciar la primera palabra, la interrumpí preguntándole si estaba bien el agua del mate, si quería que le pusiera azúcar, pero en ese preciso instante mi miedo se esfumó. el tiempo se detuvo al escuchar una voz masculina diciendo ¿me das un mate, natuuuu?. giré y pude ver las células chorreando líbido del tipo que se quiere coger a naty y no tiene intenciones de disimular nada: comenzó pidiéndole a ella un mate que yo estaba cebando. yo no existía para él, o peor, era un instrumento estúpido de ella. me hacía notar que él sí sabe quién es naty, ¡natuuuu!, que tiene trato con ella, que está cerca. todo eso mientras yo estaba sentado en un banquito con toda mi cara de no sé integrar esta sociedad y el termo en la mano como un campesino que espera la lluvia, pero yo esperaba que pusieran una bomba en esa casa y murieran todos excepto naty y yo.
es más grande, debe tener casi treinta. después le dijo a ella que el agua estaba un poco fría, que había que calentarla, y le guiñó un ojo. me estaba diciendo: yo la hago sonreír, haciéndome pensar que cuando no estoy se anima a darle un abrazo y mirarle el culo a la compañera. y naty sonriendo incómoda, poniendo cara de contenta de que haya ido, tratando de meterme en la burbuja inocente de que la militancia solo sirve para hacer el bien. que todos sus compañeros están metidos ahí para sanar el mundo y hacer un lugar mejor para vos y para mí, como canta michael jackson, y no para coger de madrugada en un baño sucio.
en el auto me comentó que estaba asombrada por la poca cantidad de chicas que había en su agrupación. no sé por qué, dijo. yo fui comprensivo sintiéndome un pelotudo o al revés: los pibes me parecen buena onda, mentí.

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