miércoles, 26 de febrero de 2014

tengo que ver al mario. la latita está vacía hace unos días y lo llamé. me dijo que yo solo me acordaba de él cuando me faltaba el barrilete: espero que no andes comprando pastillas, ahora que estás rodeado de chetos, por ahí te gustan las pastillas, marica. venite, dale. era hora de que pasaras por casa, culo con leche.
no tomo pastillas. él tampoco, pero siempre le está comprando a otro. siempre hace lo que otros no se animan a hacer. yo no tomo porque desde chiquito me costaba tragarlas. a la ritalina me la rompían apretándola entre cucharas y después la disolvían con agua y azúcar para que pudiera tragarla. debería andar con una remera que diga: soy un llorón malcriado, quieranmé igual.
con la moda por las fiestas electrónicas y todo eso, me enteré por internet que algunos drogones se meten pastillas por el culo porque dicen que así les sube más rápido a la cabeza. yo sabía del cartón en el ojo, pero eso de meterse una pastilla por el culo es demasiado. a mí, por popa, nada.
yo fumo marihuana y hacerlo sin que me dijeran nada resultó fácil. entre el vino tinto, la risperidona y otras pastillas, tenés que tener mucha suerte para encontrar a mi madre sobria, y además, tiene carne crecida en la nariz. yo podría fumarme a bob marley envuelto en una sábana que ni se enteraría. con mi padre, sólo bastó con que lo viera en su auto con otra mujer. lo descubrí estacionado a unas cuadras de la facultad y me acerqué. la otra mujer con cara de miedo le hizo señas como si yo fuera un limpiavidrios o un trapito cuidacoches, le toqué el vidrio de conductor y me miró helado. cuando me iba, pasó por mi cabeza de inocente palomita no girar y esperar que viniera corriendo detrás mío como si la vida real fuera una telenovela, pero no.
esa misma noche, casi de madrugada, estaba fumándome el digestivo después de cenar seguro de que ellos ya dormían y abrió la puerta de mi habitación sin tocar. todavía vivíamos en la otra casa y yo no estaba precisamente llorando por los lazos familiares rotos. naufragaba en internet, algunas ventanitas titilaban y mi habitación era un sauna de faso. desde este día cierro la puerta de mi cuarto con llave.
mi padre había venido a darme las explicaciones del caso o a mentirme, a esta altura da igual, pero, cuando me vio, se le desordenó la cara. yo quedé embalsamado. pensé que iba a cortarme la cabeza y ponerla arriba del respaldo de su cama, pero no dijo nada. se calló seguro de que abrir su boca conmigo era nada al lado de que yo abriera la mía con mi madre. mi porro humeante no se rendía y desafiaba desde la latita, cuando palo y astilla hicimos lo que mejor sabíamos hacer juntos: evitar el diálogo. esos segundos bastaron para hacer un pacto de miradas hipócritas. yo no le diría nada a mi madre y él tampoco. él no haría lo suyo delante de mi madre y yo tampoco lo mío. fácil. cerró despacio, sigiloso como siempre, y volví a ver en la puerta el póster de nevermind. el bebé persiguiendo el dólar bajo el agua me tranquilizó.
días después, a la mañana, mi madre tocó la puerta de mi habitación durante un rato. me despertó y yo no abría, hasta que empezó a gritar. pensé que el hijo de puta me había delatado y tendría que hablar en detalle del olor de su mierda, pero la pura verdad es que no estaba preparado para hablar. nunca lo estoy. mucho menos recién despierto y frente a mi madre. cuando abrí, me dijo pícara que tenía que ver lo que había pasado en la puerta de casa, se hacía la misteriosa. pregunté qué era mientras me cambiaba. me habían regalado un auto 0 km y acepté el soborno encantado porque soy lo peor.

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