miércoles, 12 de febrero de 2014

mi psicóloga comenzó a leerme. me dijo que se sorprendió al ver lo que escribo en internet haciendo pública mi vida: pasaste a la pérdida total de la intimidad. remarcó que no era la idea pero que respetaba mi decisión. le pregunté cómo me veía y otra vez caí en su trampa: ¿cómo te ves vos? me devolvió la pregunta. después me explicó que es prematuro trabajar sobre lo que escribo: eso va a salir de a poco en las sesiones. ahora, preocupate más por encontrar tu espacio ahí.
mi espacio acá es mi cuarto. desde que nos mudamos que casi no salgo de mi habitación. no quiero. no puedo. acá licuo mi enojo con la realidad mirando el techo, declarándole la guerra al mundo en silencio. amanezco a las tres de la tarde. almuerzo a las cinco. ceno tardísimo comida que ni siquiera caliento en el microondas porque me da paja. los fideos fríos parecen de plástico. todo pasa en mi habitación, con la puerta cerrada con llave y a penas la luz del velador. de vez en cuando toca la puerta mi madre y no respondo, me hago el dormido.
me cuesta dormir más que antes. el silencio es ansiedad. de chico, cuando no podía dormir, lloraba como si no fuera a lograrlo nunca más. ahora la línea de luz que está debajo de la puerta y el sonido de pisadas en la escalera me inquietan. imito la posición fetal de otras noches y no puedo. doy vueltas, pruebo de un lado, de otro, boca abajo, boca arriba y nada. será que extraño el motor fundido del 146 entrando por mi ventana a toda hora, no sé.
hace más de un año dejé el rivotril. me despertaba hecho un zombie. me sentía como suspendido, estupidizado. ahora para relajarme y poder dormir me receté fumar marihuana. mi psicóloga lo sabe y no lo aprueba del todo. fumo unas secas, pongo un disco, que estos días es the night de morphine (el último regalo que me hizo naty) y en algún momento me duermo con los auriculares puestos.
ahora mismo es de madrugada y con la luz apagada me paro con mi pecho raquítico y en calzoncillos frente a mi ventana. hoy vi luces que se movían cerca del campo de golf. eran linternas, pero de lejos parecían luciérnagas. una vez comentamos con los pibes que ya no había luciérnagas y ayer pensaba que en un lugar alejado como éste tendría que haber, pero no, tampoco. antes, cuando éramos pendejos, se veían en capital y después desaparecieron. pensé que podía ser por el ruido, pero acá hay un silencio de cementerio y nada.
no sé. los dueños del country podrían importar luciérnagas de algún sitio donde sí haya ¿no? un barrio privado vip debería tener servicio de luciérnagas y además una hermosa huerta orgánica canábica. algo bien parado. no como esta porquería que, en vez de relajarme para poder dormir de una vez, me aprieta la cabeza como una morsa.

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